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Guerra y paz en Gaza

Guerra y paz en Gaza

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Rafael J Flores A – Miércoles, 03 de septiembre de 2014 – Publicado en: PolíticaSucesos 

Gaza celebra lo que califica como su victoria sobre Israel. Se inicia una tregua “indefinida” y donde antes silbaban balas y misiles ahora hay festejos. Entre tanto, en un contexto que es, cuando menos peligrosamente inestable, los observadores prudentes recuerdan que no es la primera vez que hay treguas, que a veces duraron pocas horas.

¿Por qué ahora se da por seguro que este alto el fuego será duradero? Puede haber algunas señales: en primer lugar, Hamas está exhausta, sin aliento para responder a nuevas acometidas de Israel. La organización quedó descabezada: varios de sus dirigentes principales murieron en los últimos días, de otros no hay noticias y los que quedan conforman una estructura desarticulada; lo contrario de una línea de mando apta para el combate.

Los túneles de larga fama, o buena parte de ellos, han sido destruidos u obturados por Israel y no están operativos. Es cierto que se le amplió a la Franja su zona pesquera, pero Israel patrulla esa porción del Mediterráneo día y noche y es difícil esperar que lleguen armas por ese lado. Lo mismo vale para el paso de Rafah, que une Gaza con Egipto: el régimen de mano dura del presidente Abdulfatah al-Sisi fue una pieza clave en este alto el fuego, pero por eso mismo, no parece razonable esperar una frontera “porosa”, apta para el ingreso de pertrechos.

Pero acaso lo principal: Gaza es tierra arrasada, carenciada de servicios elementales como agua o electricidad, con gran cantidad de edificios destruidos y ruinas por todas partes. En esas condiciones, muchos de sus habitantes están en el límite de sus fuerzas, a pesar de las imágenes de un pueblo festejando patéticamente una victoria que se parece extrañamente a una derrota.

Hamas sostuvo su guerra con el apoyo del régimen chiita de los ayatollahs de Irán. Mirando el mapa puede verse una “flecha” chiita, que arranca de Irán (con apoyo nunca disimulado de Moscú), sigue hacia el Oeste por un Irak caotizado de mayoría también chiita, pasa por Siria, socio de Teherán con gobierno chiita, avanza por el Líbano donde opera Hezbolla, la guerrilla chiita que suele hostigar a Israel y toca América latina: hace base en Venezuela, se infiltra en la Triple Frontera (Argentina, Paraguay, Brasil) y, según versiones, convierte al islam chiita a pobres indígenas de la región.

Pero esta “flecha” chiita tiene ahora su contraparte en otra “flecha”, en este caso, sunnita: el Estado Islámico jihadista que encabeza el elusivo Abu Bakr al-Baghdadi. El grupo nació en Irak, luego se sumó a los jihadistas sirios que enfrentaban al gobierno chiita de Bashar al-Assad, un oftalmólogo que vivía en Londres y ahora encabeza una dictadura sanguinaria en grado de genocidio, incluyendo armas químicas para eliminar opositores sunnitas. Siria le interesa a Vladimir Putin, que cuenta con una base naval en la costa de ese país sobre el Mediterráneo. Inmiscuirse en los asuntos sirios implica enfrentar a su socio, Irán, y su “protector”, Moscú. Interesante cóctel.

En Siria, al-Baghdadi y sus seguidores, que rompieron con Al-Qaeda, pelearon esa guerra, se fortalecieron, reclutaron jihadistas de todo pelaje y color, incluyendo cientos llegados de Europa y Estados Unidos, y se lanzaron nuevamente hacia Irak para proclamar un califato islámico, al que, según su consigna, deben obediencia todos los musulmanes. El ejército iraquí, aterrorizado, huyó a la desbandada y abandonó su armamento intacto, listo para que lo usaran los invasores, que persiguen a cristianos, yazidis y también a sunnitas que no comulgan con su credo de terror y decapitación de infieles. En Bagdad, el primer ministro chiita Nuri al-Maliki, se resistía a dejar el cargo, del que fue desalojado para formar un gobierno de coalición.

Este panorama se puede leer como un genuino choque entre extremistas sunnitas y chiitas. Pero también como un cuadro que excede con mucho los sucesos de Gaza, que, en todo caso, es sólo una pieza de este puzzle. Israel atacó duramente a la Franja. ¿Qué otra cosa podía hacer frente a un enemigo cuyo declarado objetivo es eliminar al país de la faz de la Tierra? Desde Washington, Obama hace lo que nunca quiso: volver a Irak con bombardeos a posiciones del Estado Islámico, pagando el costo de que se lo acuse de seguir el mismo camino de su antecesor George W. Bush.

En este drama, son pertinentes las palabras del rabino Sergio Bergman, que desde Buenos Aires advirtió que ninguna paz será posible con Hamás. También las del sabio judío Hillel el Anciano: “Si yo no me defiendo, ¿quién lo hará?” Y las de la ex primera ministra Golda Meir: Israel no puede perder ninguna guerra, porque sería la última.

Persiste el interrogante acerca del futuro. Un futuro que nadie debería jactarse de entrever: “Si quieres hace reír a Dios, cuéntale tus planes”.

Fuente: lanacion.com.ar